Adicción a otra persona *** (No puedo vivir sin él o ella)

En años recientes hay fuerte tendencia a explicar lo amoroso en base al hipotálamo, la oxitocina, las feromonas, la cultura….

A mí me parece plausible que nos volvamos adictos a otras personas por asuntos bioquímicos, pero sobre todo por situaciones culturales y emocionales.

La falta de explicación acerca del por qué si nosotros queremos seguir en una relación, el otro “ya no nos ama o necesita” nos impide aceptar con facilidad la decisión del amado.

Pese a los grandes cambios de concepción que hay en éstos días acerca de lo que significa una pareja, creo que seguimos siendo personas criadas en base a los cuentos de hadas: los príncipes, las princesas y el amor eterno, romántico y duradero.

Un ejemplo fuerte es el siguiente: si le preguntamos a personas que tenemos alrededor si se casarían sin estar enamoradas, encontraremos casi siempre respuestas negativas.

La literatura y el cine están plagados de exaltaciones al amor romántico y a sus dificultades, pese a las cuales debemos perseverar. “El amor lo puede todo”, pensamos cuando miramos esas historias agridulces. También tenemos la idea de que romper lazos amorosos es doloroso como casi nada en la vida.

Los matrimonios “arreglados”, las relaciones con tinte comercial, son mal vistas aunque estén ahí, por lo que se esconden tras la fachada del enamoramiento y la “belleza de la relación”.

No siempre ha sido éste el caso, sabemos que los griegos veían como acto placentero más que amoroso las uniones de pareja, en China por mucho tiempo no se hablaba de amor más que entre madres e hijos, etc.

Hemos aprendido que el amor sustentará nuestras vidas, se nos dice que “el amor es para siempre”, que las separaciones son dolorosas.

En mi práctica clínica he comprendido la importancia del “pacto” explícito o implícito entre dos personas, de que la relación “será para siempre”. Creo que el concepto de que el vínculo nos acompañará hasta el final de la vida, de que si no es así el amor es tormentoso, es muy fuerte. Hacemos planes confiando en que ese otro siempre estará ahí y cuando por alguna razón el pacto se rompe, nuestras emociones se niegan a aceptar la cancelación de las promesas.

“Eres el amor de mi vida” suena a que nunca habrá otra persona importante, “nunca te dejaré de amar” parece cancelar las otras opciones de pareja explícita o abierta, “haremos una vida juntos”, “somos tan compatibles”, “eres mi media naranja”…

Con todas esas aseveraciones dentro de nosotros, ¿cómo no va a ser casi imposible olvidar a quienes han sido nuestras parejas amorosas?

Por supuesto, no es lo mismo “dejar que ser dejado”. El que decide romper ha hecho todo un proceso para cancelar esos pactos idealizados y esas promesas, el que es dejado no ha tenido deseo, voluntad o cuidado en trabajar con todo eso.

Así, a menudo las personas procuramos que sea “el otro” el que termine las relaciones aún cuando quisiéramos romper nosotros las cosas, para que la “culpa” de tanto sonido a vidrios rotos no recaiga en nosotros y nos corte el rostro.

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